Las Compañías Petroleras

Autor: B. Traven  

Las compañías petroleras es un cuaderno formado con las primeras páginas de la novela de B. Traven: La Rosa Blanca. Gran documento para la historia del petróleo en México.

Traven vivió en la zona norte de Veracruz y sur de Tamaulipas. Esto le permitió testimoniar una realidad casi desconocida en aquella época. Antes de los descubrimientos petroleros en las tierras cercanas al Golfo Pérsico, nuestro país ya ocupaba un sitio importantísimo como productor de petróleo; su energético era fundamental para usos industriales y militares, al punto que durante la Primera Guerra Mundial la armada británica se abasteció exclusivamente de petróleo mexicano.

Las páginas de Traven demuestran que esta inmensa riqueza beneficiada a todos, menos a los mexicanos. Sin proponérselo, su libro es un alegato a favor de la expropiación de 1938, cuyo gran significado no entendimos realmente hasta que se presentó la crisis de los últimos años.

B Traven fue un escritor misterioso acerca de cuya obra e identidad hemos considerado de interés ofrecer una breve nota en las páginas siguientes.  

El Misterio de Traven  

El 26 de marzo de 1969 B. Traven murió en su casa de la Ciudad de México. El 19 de abril, en cumplimiento de su último deseo, su viuda, Rosa Elena Luján, esparció las cenizas del novelista sobre la selva próxima a Ocosingo, Chiapas, escenario de su libro la rebelión de los colgados. A fines de aquel año aparecieron sus obras escogidas en dos tomos, con un prólogo de Luis Suárez. En 1966 Suárez había publicado en la revista siempre la única entrevista que concedió Traven.

A pesar del gran número de libros y artículos dedicados a aclarar el misterio de B. Traven, su identidad aún no llega a establecerse con precisión. Él se empeñó en borrar a su persona para que sólo existieran sus obras, y dijo:

"Lo importante del escritor son sus libros, no su vida... mi trabajo es lo importante; Yo no lo soy; sólo soy un trabajador común y corriente."

Con base en las informaciones disponibles, podemos aventurarnos a intentar una nota biográfica. B. Traven nació en 1890, en Chicago, hijo de padres suecos y noruegos que lo llamaron Traven Torsvan Croves. A los once años se embarcó y recorrió el mundo, como grumete y fogonero de barcos mercantes. Su experiencia marítima quedó en su primera novela, El barco de los muertos. En su casa mexicana muchos años después todos lo llamaban "Skipper" (Capitán)

Hacia 1910 se presentó como actor en la ciudad alemana de Essen, asiento de las fábricas Krupp que produjeron armas para los dos conflictos mundiales. Aunque no existen datos al respecto, es probable que Traven haya participado en la Guerra Mundial de 1914, cuando el futuro escritor tenía 24 años.

Reapareció en la Alemania de 1918, sacudida por la Revolución de Rosa Luxemburgo. Fundó una revista política llamada El ladrillero y dio a conocer su primer libro: Cartas a la señorita X. Por entonces firmaba con el seudónimo de Ret Marut.

Cayó prisionero y estuvo punto de morir. Logró escapar a Bélgica y llegó a Tampico en 1922. Trabajó en los campos petroleros y recorrió los caminos de la Sierra Madre Oriental. Allí nació su amor hacia el país que escogió como suyo. Traven solía decir:

            "Los mexicanos son los mejores hombres de la tierra. En ningún sitio del mundo hay seres iguales. Nunca me preocupé por el dinero que no tenía en esos tiempos, porque cada choza era tan acogedora como mi propia casa".

Lo que vivió y observó como obrero del petróleo, pizcador de algodón, leñador y gambusino, fue el material de libros que se han leído en todo el mundo, como la Rosa Blanca, El Tesoro de la Sierra Madre, Salario Amargo.

En 1930 llegó a la Ciudad de México un fotógrafo norteamericano llamado simplemente Torsvan, a quien nadie identificaba con el autor de la ya famosa novela El Barco de los Muertos. Torsvan se escribió en la Universidad Nacional, viajó a Palenque y, apasionado por el mundo indígena, se internó en la selva chiapaneca y llegó al entonces inexplorado Bonampack.

El fruto de aquellos años en el sur de México es tan importante o más que el producto de la época que pasó en el norte: La Rebelión de los Colgados, La carreta, Traza, Gobierno, Macario, El General, Tierra y Libertad. Hacía el Imperio de la Caoba. Traven tomó la defensa de los indígenas y campesinos contra todos sus explotadores. El crítico Manuel Pedro González fue el primero en pedir que se considerara a Traven un escritor mexicano por la ternura, la vehemencia, la indignación y comprensión con que penetró en el drama de los sectores más numerosos e importantes de nuestra sociedad.

En 1948 Luis Spota logró encontrar a Traven en Acapulco y dio a conocer en la revista Hoy, fotos en que el novelista aparecía de espaldas. Traven se convirtió en Hal Croves, guionista cinematográfico y "representante" del autor de la Rosa Blanca. En 1951 se naturalizó mexicano y en 1957 se casó con su traductora, Rosa Elena Luján. Que Croves era el único verdadero Traven no era un enigma para sus amigos más íntimos, aunque sí para el público lector.

Como en Alemania se público un libro en que se decía que Traven estaba muerto y un grupo de gente se beneficiada ilegalmente con sus derechos de autor, él decidió conceder la entrevista de 1966 a Luis Suárez. Así demostró que Ret Marut, Torsvan, Hal Croves y B. Traven eran la misma persona.

Aunque no escribió en español, B. Traven tiene un lugar único en la literatura mexicana por los temas de sus libros y, sobre todo, porque no lo hizo parte de nuestra tierra el azar sino su libre y apasionada elección.

 Las compañías petroleras

Aves de rapiña sobre nuestro cielo  

En la República operaban veinte compañías petroleras, entre las cuales la Cóndor Oil Company Inc. Ltd., S.A. no era la más poderosa ni la más rica, pero si la más ambiciosa.

No solamente para el desarrollo del individuo, sino para el de una empresa capitalista, la posesión de un apetito excelente es de consecuencias vitales, porque es determinante fundamental del tiempo que se emplea y de la velocidad que desarrollan para el acaparamiento de dinero, que se traduce en poder.. De ahí que sea el apetito lo que finalmente decida los medios que deben ser empleados por determinada empresa, para que ésta llegue a ser un factor de control en los asuntos nacionales e internacionales.  

La Cóndor Oil era la empresa más joven de la República y, tal vez atendiendo a esa razón, no sólo tenía el apetito más voraz, sino una digestión formidable y un estómago que, sin revolverse jamás, era capaz de aceptar cualquier cosa digerida intencionalmente, por equivocación, por la fuerza o accidentalmente.

La lucha impía de todas las compañías petroleras en la República tenía una meta principal y esta era apropiarse de todas aquellas tierras que presentaran aún la más leve posibilidad de producir petróleo algún día, en un futuro próximo o en 50 o 100 años. La cuestión eran controlar todas las fuentes petrolíferas en el presente o en el futuro. La mayoría de las compañías ponían en juego más poder, dinero y astucia en la adquisición de tierras, que en la aplicación de recursos científicos para la explotación hasta el límite de la capacidad de producción de las que ya poseían. Solamente obteniendo tanto territorio o más que el poseído y controlado por las compañías realmente grandes, podía la Cóndor esperar que algún día aquellos que controlaban el negocio la consideraran real y seriamente como un poder en el mercado.

El cuartel general de la Cóndor estaba en San Francisco, California, con varias sucursales en Oklahoma,, Pánuco, Tuxpan, Tampico, Ébano, Álamo, Las Choapas y Minatitlán y se encontraba lista para establecer algunas nuevas en el Istmo, Campeche, Venezuela y en la región del Chaco.  

La vida en la Rosa Blanca  

Una gran sección de los estados costeros del noroeste, bien conocidos como ricos en petróleo, eran poseídos, alquilados o controlados casi totalmente por la Cóndor Oil. Ese vasto territorio era el mayor y más jugoso que la Cóndor había podido tragarse desde que operaba en la República, y con la posesión de esa gran faja de tierra, la compañía había dado un considerable paso hacia la meta que perseguía, y que era ser considerada uno de los factores dominantes en el mercado.

Colindando y cortando en partes esa nueva posesión de la Cóndor, se hallaban las tierras de una vieja hacienda llamada Rosa Blanca.  

Rosa blanca ocupaba más o menos 1000 hectáreas de tierra que producían maíz, fríjol, ajonjolí, chile, caña de azúcar, naranjas, limones, papayas, plátanos, piñas, jitomates, y una especie de fibra con la cual se fabricaban reatas y hamacas. Además, en ella se criaban caballos, mulas, burros, cabras, puercos y algo más preciado: buenos muchachos y muchachas indígenas.  

A pesar de su extensión y riqueza, la hacienda no enriquecía a su propietario, ni siquiera le producía lo bastante para vivir confortablemente. En cierto grado, ello se debía a determinadas condiciones inherentes al trópico.

Sin embargo, la relativamente escasa productividad del rancho que resultaba se planeaba y se hacía en la misma forma, o casi en la misma forma, en que se había hecho cuando los antepasados de don Jacinto eran aún soberanos de la Huasteca. La organización social y económica era patriarcal, basada en la tradición y en las características especiales de la raza indígena.

La vida en Rosa Blanca era fácil. El elemento humano era tomado en cuenta antes y sobre todas las cosas que se hicieran o tuvieran que hacerse. Nadie se ponía nervioso, irritado o enojado jamás. Nadie guiaba y nadie era guiado. Ninguna prisa turbaba aquella paz Angélica que hacía pensar en la Rosa Blanca de un rosal jamás tocado por el nombre.

Cuando en rarísimas ocasiones se cambiaba alguna palabra acre, ella se debía únicamente a que el hombre, de vez en cuando, necesita de un cambio para apreciar mejor su tranquilidad.

Todos los peones del rancho eran indígenas y de la misma tribu del propietario. Nadie ganaba salario elevado. De hecho, muy poco dinero pasaba por las manos, pero todas las familias que trabajaban en el lugar vivían en él, por él y para él. Cada familia tenía su lugar propio, las casas eran de adobe o petate forrado de lodo y techos de palma, como son todas las de los campesinos en la República. Ahora que, como el clima tropical permite a la gente pasar todo el día a la intemperie durante todo el año, la casa solamente se usa para protegerse de la lluvia o de algún viento frío. Además, de haber construido mejores casas, estas habrían constituido más bien un estorbo que una comodidad para ellos.

Cada familia cultivaba una parcela cuyas dimensiones iban de acuerdo con el número de bocas que tenían que alimentar. Los productos de esa tierra eran propiedad indiscutible de la familia a la que el propietario la había asignado.

Nadie pagaba a don Jacinto, propietario de Rosa Blanca, alquiler alguno por las casas ocupadas y las tierras explotadas por aquellas familias. Y más aún, a cada familia se le permitía criar determinado número de animales que pastaban en las praderas de la hacienda. Don Jacinto, indio de pura raza como todos los que allí habitaban, proporcionaba medicamentos a los que enfermaban. La patrona, su esposa, india también, que había adquirido alguna habilidad para atender enfermos en un hospital, actuaba como médico en algunos casos y en otros, especialmente los muy precisos, como partera.

Todas las familias que habitaban Rosa Blanca descendían de incontables generaciones que habían vivido en la misma forma y lugar. Raramente se aceptaba una nueva familia, y si ocurría, ello se debía únicamente a matrimonios efectuados con extraños. La mayoría de las familias eran de uno a otro modo parientes de don Jacinto. Muchos de ellos tenían que agradecer su presencia en el mundo no sólo al señor, sino a un buen número de antepasados de don Jacinto. Éste era padrino y doña Conchita, su esposa, madrina de más de la mitad de los chicos nacidos en la hacienda.

Convirtiéndose en compadre y comadre de los padres de los niños, lo que establecía relaciones que se tenían por más íntimas que las que existen entre cuñados, se consideraban muy honrados, ya que la elección se basa en la confianza que se profesa al padrino.

Tomando en consideración que don Jacinto y doña Conchita eran compadres de la mayoría de los peones de la hacienda, y que hasta el más humilde tenía derecho a llamarlos de ese modo, se verán en la relaciones entre el propietario y los peones de Rosa Blanca eran más íntimas que las que existen entre compañeros y socios, y mucho más que las que existen entre empleados y patrones. En realidad no había diferencias sociales en la hacienda. Sin embargo, aún cuando esas extrañas relaciones abolían cualquier diferencia social en grado máximo, no abolían las diferencias económicas entre las dos partes. Y naturalmente de esa clase de relaciones similares a las que habían mantenido los indios mucho antes del descubrimiento de América, surgían condiciones no comprendidas fácilmente por gentes extrañas a la raza indígena.

El patrón se encuentra en posesión legal de la hacienda, que ha pertenecido a su familia durante siglos, probablemente desde muchos años antes del descubrimiento de Colón. Atendiendo a buenas razones, los conquistadores españoles reconocieron derechos a los indios en ese caso particular, así como en ciertos casos más, ya que muchos lugares era más conveniente tener a los jefes nativos, como amigos que como enemigos. Siendo indígena no solamente por su color, sino, sobre todo, por su corazón, alma y concepción de la justicia, don Jacinto no se consideraba propietario de Rosa Blanca en la misma forma que Mr. Crookbeack se consideraba propietario de la destartalada casa de apartamentos de Lleigh Avenue en St. Louis Missouri. Don Jacinto se consideraba solamente un individuo a quien por casualidad la providencia le había confiado Rosa Blanca por toda la vida.

Nunca poseyó realmente la hacienda, solamente tenía derecho para explotarla y no sólo en interés propio, sino también y quizá más aún, en favor de quienes formaban parte de la comunidad de Rosa Blanca. Rosa Blanca no era solamente el suelo, los edificios, los árboles, sino todas las familias que vivían en ella y de ella, y quienes, debido al hecho de haber nacido en el lugar, gozaban del derecho inalienable de vivir en la hacienda, con un hombre nacido en los EE.UU. tiene, por virtud de la constitución y su aceptación general, el derecho legal de vivir en ese país.

El mismo golpe que el destino dio para convertir a don Jacinto en propietario de Rosa Blanca, sirvió para responsabilizarlo de todos los habitantes de la hacienda.

Don Jacinto vestía apenas perceptiblemente mejor que todos los demás, y la pequeña diferencia solamente podía ser notada por los indios de la región. Calzaba huaraches como todos; su alimentación, cómo la de los otros, consistía especialmente en tortillas, frijoles, arroz, chile verde y té de hojas de Naranjo o del llamado té limón. De vez en cuando bebía Café del que crecía en el lugar, hecho a la manera indígena, con piloncillo, también elaborado en la hacienda.

Sin embargo, por extraño que pueda parecer, él no había sentado a su mesa a ninguno de sus peones, ni siquiera a su mayordomo. El honor de compartir su lugar de comida estaba reservado a sus parientes y huéspedes.

Ninguno de los vecinos habría ocurrido bajo circunstancia alguna a un juez. Don Jacinto era la única autoridad de su mundo. Todas las diferencias que surgían entre las familias que habitaban Rosa Blanca, respecto de la propiedad de un becerrito, o bien cuando se trataba del deseo de dos jóvenes de unirse indebidamente, o cuando se disputaban alguna herencia, o tratándose de cualquier dificultad que se presentara en su vida social y económica, eran sometidas al juicio de don Jacinto, y el juicio de aquel era inapelable. Ninguno de los vecinos sabía leer ni escribir, y si era necesario escribir una carta o leer alguna que se recibía, doña Conchita se encargaba de ello.

Cuando las cosechas eran malas o un huracán de los muy frecuentes por aquella región arrasaban los campos y las casas, don Jacinto se veía obligado a albergar y alimentar a los infortunados. Si morían, cuidaba de que fueran decentemente enterrados en el cementerio de Rosa Blanca, y que doña Conchita dijera las oraciones durante el funeral. Don Jacinto se hacía cargo de las viudas, huérfanos y ancianos del lugar. Atendía a que las viudas hallarán una segunda oportunidad y de que los huérfanos tuvieran un buen hogar, que no solamente los albergara, sino que en el encontrarán amor.

En la casa grande, en la que habitaba junto con su familia, había una veintena de niños y jóvenes a quienes se emplea para trabajos domésticos. Muchos de ellos eran huérfanos; algunos, como todo el mundo sabía, inclusive doña Conchita, tenían perfecto derecho a llamar padre a don Jacinto. Sin embargo, habría sido una falta de respeto imperdonable que le hubieran llamado así, olvidando que eran retoños de alguna viuda o de alguna madre que encontrará marido cuando ya era demasiado tarde para salvar su reputación. Pero de cualquier forma don Jacinto era el que decidía de que dependía el buen nombre de alguien. Si él declaraba que una mujer era honesta, y que un hombre de quien se sospechaba como ladrón de gallinas no era ladrón, todo el mundo aceptaba su juicio.

Cada año, los muchachos en buena edad debían casarse y formar nuevas familias. Don Jacinto los proveía de hogar y tierra, porque muy pocos abandonaban Rosa Blanca después de su matrimonio. Y no importaba la cantidad de hijos que una familia pudiera producir, porque don Jacinto siempre encontraría un sitio para ellos.

Bajo esas condiciones ni una sola persona en Rosa Blanca criticaba a don Jacinto por vivir en una casa más grande que la de los demás, por comer carne con más frecuencia que los otros y por tomar unos cuantos tragos de mezcal cuando lo deseaba. Pero sea cual fuere la cosa que hiciera o cualquiera la forma en que actuara, nunca actuaba como gran jefe, como ogro que empleaba y despide a su antojo. De hecho no podía hacerlo: era la providencia la que empleaba y despedía a sus hombres, y él aceptaba el hecho como una ley natural.

Condiciones semejantes, por supuesto, existen, o pueden existir en solamente en ranchos cuyo propietario es indígena, al igual que sus ayudantes. Porque si ocurre que el propietario es un gachupín, o lo que es cien veces peor, un alemán, las condiciones son exactamente las mismas que prevalecían en Rusia o en Prusia en el siglo XVIII.

Las condiciones de Rosa Blanca eran inmejorables, y cualquier asunto, cualquier contacto entre don Jacinto y una compañía americana de petróleo, tenía forzosamente que conducir a una tragedia inevitable, una vez que el contacto estuviera hecho. Vano intento de mezclar dos mundos extraños entre sí, dos mundos que no tenían absolutamente nada en común. Las armas de que disponía don Jacinto y las que sabía manejar en las ocasiones que juzgaba convenientes para determinadas finalidades, no podían en caso alguno enfrentarse a las esgrimidas por una gran empresa capitalista explotadora de petróleo, que pretendía hacer varios millones de dólares anuales para no morir miserablemente.

Los accionistas de la compañía no podían vivir sin mansiones, mayordomos, yates. Ni podían pasar sin comprar sus ropas en Londres y París, y todavía les sobraba lo suficiente para jugar a la bolsa.

Una primera oferta

La tierra que rodeaba Rosa Blanca había estado cubierta en parte por la selva y en parte ocupada por ranchos, pueblecitos y colonias. La Cóndor Oil había adquirido aquel vasto territorio cuando nadie sospechaba que contuviera petróleo. Había sido comprado o más bien cambiado de dueño, no sólo mediante pequeñas cantidades de dinero, sino poniendo en juego toda clase de combinaciones, corrompiendo a las autoridades, o coechando políticos y acosando a otras compañías como tábanos a un rebaño en marcha.

Los propietarios auténticos, indios indefensos o campesinos mestizos en su mayoría, vieron muy poco del dinero pagado por las compañías a cambio de sus tierras. Lo que la compañía había gastado no era mucho; por término medio puede calcularse en menos de medio dólar por acre, del cual los propietarios si habían recibido 10 centavos un poquito más. Si los propietarios no podían ser localizados, como ocurría o como de propendía a ocurrir en más de la mitad de los casos, el dinero de los agentes de la compañía llenaban las bolsas de toda clase de funcionarios corrompidos por la dictadura. El más pequeño acto criminal cometido por la Cóndor era la falsificación de certificados de nacimiento para acreditar a supuestos herederos como propietarios.

En una de las reuniones de directores de la Cóndor Oil se dijo que la compañía tenía toda la razón para considerar ese territorio, adquirido tanto y desesperadamente, como su mayor tesoro, en realidad como su tesoro más preciado, como su corona de perlas. Pero entre esas perlas faltaban la más codiciada: Rosa blanca.

Como el suelo próximo a Rosa Blanca había resultado inmensamente rico en petróleo, no podía dudarse de que el terreno en el cual florecía la Rosa Blanca eran igualmente rico, tal vez más rico.

Dos cosas había a las que la Cóndor Oil debía atender antes que nada. Una era comprar Rosa Blanca o conseguirla por cualesquier medios, aún cuando ello condujera a una guerra entre los Estados Unidos y la República. Otro asunto que embargaba la mente de los directores era la posibilidad de que otra compañía más fuerte y en mejores relaciones con el gobierno de la República pudiera echar mano de Rosa Blanca, sobre la que la Cóndor se sentía poseedora de una opción ilimitada y hasta de una escritura no signada.  

Si las manipulaciones de los directores de la Cóndor originaban una guerra o cualquier clase de dificultades internacionales, ninguno de ellos resultaría perjudicado. Todos habían traspasado la edad señalada para combatir por su país. Dos, que posiblemente habrían tenido que alistarse si la guerra se prolongaba, contaban con la buena excusa de un padecimiento cardíaco que los imposibilitaba para servir ni aún en la cocina de un campo de entrenamiento en California.

Cuando los agentes de la Cóndor habían adquirido el nuevo territorio no habían olvidado Rosa Blanca. Pero de momento no les había parecido preciso obtenerla. Además, como estaba bien cultivado su suelo, cosa que no ocurría con lo ranchos vecinos y las colonias, habían considerado que el precio sería demasiado alto, tomando en cuenta sobre todo que nadie estaba seguro de que hubiera petróleo en el lugar. Y siempre que el asunto salía a colación, los agentes estaban de acuerdo en que, una vez probado el valor de los terrenos circunvecinos, podría obtenerse Rosa Blanca por un precio conveniente.

El propietario, ese indio idiota, se sentiría enormemente feliz cuando le pusieran enfrente de los ojos dos mil dólares, todos en moneda acuñada, sin un billete entre ellos.

Los cinco primeros pozos habían empezado a producir, y se solicito de don Jacinto el arrendamiento de todas sus tierras, pagándole a cambio dos dólares anuales por acre. El no dijo ni si, ni no, y una hora después había olvidado el asunto.

Algunas semanas más tarde se le ofrecieron dos dólares por acre a cambio del arrendamiento ilimitado o garantizado durante 20 años. Nuevamente olvidó la proposición, y tres meses más tarde se le hizo una nueva, consistente en pagarle dos dólares por acre anualmente durante 20 años y el 1% sobre las utilidades resultantes de la explotación de los pozos que se encontraban en el lugar. Dos meses más tarde se aumentó la proposición al 8% en lugar del uno, sobre cualquier producto que se obtuviera de Rosa Blanca.

Había sido el señor Pallares, agente comprador de la Cóndor, quien personalmente había hecho a don Jacinto aquella última oferta. -Su proposición es magnífica- contexto don Jacinto-, pero siento no poder aceptarla. No me es posible alquilar la hacienda, no tengo derecho para hacerlo. Mi padre no pensó jamás en vender o alquilar el lugar, ni lo pensaron tampoco mi abuelo o mi bisabuelo. Yo estoy obligado a cuidar de Rosa Blanca y a conservarla para aquellos que vienen después de mí, quienes a su vez la guardarán para los que les sucedan. Así ha venido ocurriendo desde el principio del mundo. ¿No recibí yo todos los naranjos, tamarindos y mangos de mi padre?. Ahora nada tendríamos de ello sí mi padre y mi abuelo no hubieran sembrado pensando en las generaciones venideras. Atendiendo a esa misma razón he plantado algunos cientos de árboles este año, entre ellos algunos que no habíamos tenido, tales como toronjas. Las matitas nos llegaron a Tuxpan desde California, ya las tenemos listas para plantarlas tan pronto vengan las lluvias. Es así como marchan aquí las cosas. Los muertos piensan en los vivos y los vivos piensan en los que vendrán. ¿Comprende usted, señor?

-Desde luego- dijo el señor Pallares con aburrimiento. De hecho no comprendía ni una sola palabra de lo que don Jacinto decía. Él era un hombre de negocios, para quien la tierra representaba mercancía y nada más. Él, personalmente, nunca había poseído tierra, ni tampoco su padre. Aparte del tráfico de tierras, se dedicaba a la política y esperaba llegar a ser diputado algún día, siempre que pudiera obtener el dinero suficiente para pagar los gastos de su propaganda.

Informó a la oficina que don Jacinto estaba loco.

-!Es maravilloso!- exclamó el vicepresidente de la Cóndor cuando leyó el informe-. Si ese piojoso está loco, debemos enviarle al manicomio y dejarlo allí olvidado para beneficio de la sociedad humana.

Don Jacinto no sería el primero que desaparecería encerrado en un manicomio para morir olvidado, y miserablemente, por no haber facilitado a alguna compañía petrolera la adquisición de su propiedad.

Un lugar para hacer dinero

Otro agente, esta vez el señor licenciado Pérez, se presentó a don Jacinto para tratar el asunto de la Cóndor. Consigo llevaba una bolsa de lona llena de dinero. No era toda la cantidad que la Cóndor había prometido pagar a don Jacinto; sin embargo, era bastante para ser casi a todos los hombres cambiar de opinión en cualquier asunto, aún tratándose de sus creencias religiosas.

El licenciado Pérez ya no pretendía alquilar. Los directores ostentaban la idea de comprar la hacienda definitivamente. En tal caso la compañía ofrecía más dinero, bastante más en verdad; a ello Jacinto no podía rehusarse. -Pero vea usted, señor licenciado, ¿cómo podría yo vender la hacienda?- dijo don Jacinto expresándose como lo hacía usualmente. El tiempo era algo indefinido para él, lo empleaba para hablar con su esposa, con sus niños, con su mayordomo, con su compadre, con los traficantes de ganado, con los comerciantes, y nunca había aprendido a darse prisa-. No; realmente, licenciado, como dijera antes, siento mucho disgustarlo, pero ya ve usted que me es imposible vender Rosa Blanca, porque en realidad no me pertenece.

El señor Pérez se enderezó en su silla, se introdujo un dedo en la oreja, lo agitó en forma cómica y vio a don Jacinto estúpidamente.

Después dijo:

-¿Oí bien? ¿Puedo dar crédito a mis oídos? ¿A dichos usted, realmente, que no es el propietario? ¿Es verdad eso, don Jacinto?

El señor Pérez era el principal abogado de la Cóndor en la República y recibía fuertes sumas por representar a la compañía ante la ley y las autoridades de la República. ¿Sería posible que él, abogado astuto y hábil, hubiera descuidado un factor de primordial importancia tal como ignorar que aquel indio no era el propietario legal de Rosa Blanca? Imposible. Eso cambiaría totalmente la situación en un lapso de 24 horas. Prácticamente, la mitad de las propiedades adquiridas por compañías petroleras y mineras extranjeras había sido compradas a precios ridículamente bajos, y ello se debía, precisamente a que en muchos casos los propietarios no podían probar por medio de documentos legales sus derechos de propiedad. Muchos cientos, si no es que miles de propiedades de la República, a menudo en posesión de la misma familia durante muchas generaciones, no habían sido registradas en parte alguna, a excepción de la oficina de contribuciones que nunca se preocupaba por dilucidar quién era el verdadero dueño de una finca, en tanto que las contribuciones impuestas a la misma fueran cubiertas puntualmente. Rosa Blanca podía denunciarse como realmente abandonada, reclamarse como propiedad de la nación y el gobernador del estado o cualquier político podían rematarla como representantes de la nación, en una falsa subasta, por diez mil dólares, ganando por ello una comisión de cien mil.

El sudor baño el gozoso rostro del señor Pérez, quien se lo seco, primero abanicándose y después con el pañuelo, en medio de gran excitación.

Tragando saliva con dificultad, dijo tartamudeando:

-Lo que no... es decir yo he... Si yo mismo he revisado todos los registros, todos los documentos referentes a la propiedad. Y sólo puedo decir que no halle ni el más leve error en la documentación. La documentación se remonta a épocas tan remotas que hubo necesidad de consultar con expertos traductores del castellano antiguo, para hacerlos legibles en el moderno. Y no se descubrió ninguna falta, ningún error en parte alguno. Usted es el propietario legal, don Jacinto, sin el más remoto lugar a dudas. Para hablar francamente, le diré que bien me gustaría que no fuera así.

El licenciado hizo una mueca semejante a una sonrisa.

-Claro está que soy el propietario legal. ¿Quién dice lo contrario?

-¿Pero no acabo usted de decir, sólo hace un momento, que Rosa Blanca no es suya?

-Sí, eso dije, pero tratando de significar algo distinto. El lugar es mío. Pero no me pertenece al grado de que me sea posible hacer con él lo que me plazca.

-!Pero en el nombre de Dios don Jacinto! ¿Porque no va a poder usted hacerlo?

-Trataré de explicarlo con claridad, señor licenciado. Naturalmente que yo puedo cultivar la tierra, plantar en ella todo lo que me parezca conveniente para todos nosotros. Y lo que quiero que comprenda es que yo no soy el único propietario. Mi padre poseía la tierra como yo la poseo ahora y como mi hijo mayor la poseerá algún día, cuando yo haya desaparecido. Así, pues, ella no pertenecía realmente a mi padre, ya que él tenía que pasármela cómo habré de pasarla a mi hijo cuando yo sea requerido fuera de este mundo.

-Don Jacinto, déjese ya de tonterías.

-No veo por qué ha de ser una tontería que yo diga que Rosa Blanca no es de mi propiedad en grado ilimitado, y que carezco del derecho de hacer con ella lo mismo que usted puede hacer con su reloj de oro. Porque aquellos que vengan cuando yo me vaya cuando yo me haya ido, también habrán de vivir. Y exactamente como mi abuelo y mi padre supieron que yo seguiría viviendo cuando ellos se marcharán, y que, por tanto, debía seguir guardando Rosa Blanca, sin que jamás cursara su mente la idea de venderla o alquilarla, precisamente en la misma forma debo obrar yo. Comprenda usted, licenciado, es mi sangre la que me hace sentir, pensar y obrar en la forma en que lo hago. Yo soy responsable de la suerte de todos los que habitan Rosa Blanca. Yo no puedo abandonarla. No soy el propietario, soy únicamente una especie de administrador de la propiedad. Esa es la verdad. Así se han llevado las cosas desde que se fundó Rosa Blanca, sólo Dios santo sabe quién lo haría, pero debe haber sido hace muchos cientos de años de acuerdo con nuestras viejas sepulturas, las que tienen mayor significado para mí que cualquier documento.

-Pero hombre, esas son palabras solamente, sentimentalismos anticuados, mi querido señor Yáñez. En este mundo cruel que habitamos, cada quien ha de mirar por sus propios intereses. Deje que los otros cuiden de sí mismos. Y en lo que se refiere a sus propios hijos, podrá usted darles todo el dinero que necesiten para ser felices o, si lo prefiere, podrá heredarlos para que lo gocen después. ¿Cómo es posible que desee usted que sus hijos vivan aquí en las condiciones de todos esos indios? Ellos son jóvenes y desean gozar de la vida ¿Por qué han de ser pastores y campesinos, si pueden ser mujeres y hombres cultos: doctores, abogados como yo, o ingenieros, capaces de vivir decentemente en una ciudad civilizada? Pero si no desean estudiar, puede comprar todas esas cosas excelentes que el dinero paga, todas esas cosas hechas únicamente para la gente que tiene dinero.

-Tal vez- dijo don Jacinto lacónicamente-. Tal vez, señor licenciado; bien dicho; nada más que así carecerían de tierra. Son humanos y necesitan comer. Y como podrían hacerlo si no sembrarán maíz y fríjol.

-No diga boberías don Jacinto. Sus hijos podrán comprar todo el maíz y fríjol que necesiten. ¿Qué no podrán con los miles de pesos que vamos a darle por su tierra?

Don Jacinto no contestó. No le era dado pensar con la rapidez con que suelen pensar los abogados. Su pensamiento marchaba con minutos de retraso en relación con la rapidez con que señor Pérez deseaba encaminar las cosas. Percatándose de ello el señor Pérez decidió atacar al indio testarudo empleando una estrategia diferente. Tenía experiencia en el manejo de campesinos y propietarios de tierras.

-Algún día será usted viejo, tal vez se vea inválido y entonces preferiría vivir fácil y confortablemente. ¿Verdad don Jacinto?

-¿Yo viejo e inválido? ¿Yo? Nunca. No. Nunca. Yo nunca envejezco; el día que ello ocurra moriré silenciosamente. A mí me bastará sentarme en una silla, llamar a mi señora y a los niños, si es posible a toda la gente de aquí, para darles las gracias por todo lo que han hecho por mí y para pedirles perdón por los errores que haya cometido y los que no me fue posible evitar como humano. Después les diré adiós y les pediré que me dejen sólo y, una vez solo, moriré pacíficamente diciendo: "Dios mío y Creador, voy hacia ti nuevamente, ni malo, ni bueno, solamente como tú deseas que fuera. Gracias por haberme permitido ver el mundo y vivir en Rosa Blanca ". Después de ello mis gentes me enterraran en el sitio en que mis antepasados descansan. Ya verá usted, licenciado Pérez, que en esa forma yo no puedo envejecer y arruinarme. Eso nunca nos ocurre a ninguno de nosotros. Mi padre jamás envejeció. Murió precisamente el día en que al levantarse, salir al pórtico y mirar al Sol, regreso a donde mi madre se encontraba y dijo: "Dios mío, buen Dios, !Que fatigado me siento ahora, querida Catalina! ". Después trabajo como siempre durante todo el día, cenó como acostumbraba y murió. Sí, señor licenciado, así ocurren las cosas entre nosotros. Y en cuanto a la tierra, bien, señor, no puedo venderla porque aquellos que queden en el mundo cuando yo parta, necesitarán de ella para vivir.

Se encontraba listo para exponer al licenciado sus ideas acerca de los árboles que deberían plantarse en beneficio de futuras generaciones, pero recordó que ya lo había hecho cuando conversara con aquel otro caballero, con el señor Pallares, que le había visitado algunas semanas antes. El solamente recordaba la ligera impresión que sus palabras, que él consideraba expresión de pensamientos lógicos, ya habían causado. Y se percató de que el licenciado Pérez se mostraba tan aburrido con su charla, como se había mostrado el señor Pallares cuando le hablara de árboles y frutos para futuras generaciones.

Al darse cuenta de que hablaba en vano, pensó en otra forma de atraer la atención de su visitante.

-Haya algo más, señor licenciado, que debemos tomar en consideración.

-Bien, don Jacinto, hable usted, que para escucharlo he venido.

-¿Qué harán todos mis compadres y mis comadres si yo abandono Rosa Blanca?. Piense usted en todas estas familias; yo soy responsable de ellas y de su bienestar. El lugar les corresponde por razón natural. Son como árboles con profundas raíces en el suelo. Si se les arranca de aquí se marchitarán y sus corazones y sus almas quedarán destrozados. No, señor, lo siento mucho, pero me es imposible vender, porque todos los que aquí habitan tienen los mismos derechos que yo. ¿Qué harían? ¿A donde irían? Todas esas gentes son parte de la tierra que habitan. ¿Qué harían el día que perdieran el suelo en que se apoyan? Contésteme, señor.

El señor Pérez encendió un cigarrillo, apagó el cerillo y empezó a jugar con la mecha emparafinada hasta que la deshizo entre sus dedos. Después, repentinamente, hizo un gesto como significando que había llegado a la solución de un complicado problema matemático, y dijo con acento sorprendido:

-¿Me pregunta usted que va hacer toda esta gente, don Jacinto? Pues la respuesta es muy sencilla. Todos ellos encontrarán empleo en los campos petroleros. Ganarán muchísimo más de lo que usted les paga aquí, don Jacinto. ¿Cuánto les paga usted? Bien, bien, no es necesario que me conteste. Cuando mucho serán 50 centavos diarios. Tal vez 75 si usted es generoso. Eso es una pequeñez comparándolo con el salario que pueden ganar en los campos. Cinco pesos será lo que ganen por día durante toda la semana, y cobrarán doble el tiempo extra. Además, trabajarán estrictamente ocho horas y se les pagará doble todo el tiempo extra que trabajen. Yo sé que hay una gran diferencia, porque conozco la vida nuestras haciendas. Se trabaja de Sol a Sol, y se reciben en pago unos cuantos centavos cuando al hacendado les da la gana. Hablo en general, don Jacinto, no me refiero exclusivamente a su hacienda.

Don Jacinto movió la cabeza varias veces, sin pronunciar palabras.

El señor Pérez lo miró pensando en su estupidez y dijo para sí: "Sólo el diablo sabe porque todos estos malditos indios no fueron ahogados o colgados por los españoles. La República sería un lugar excelente para hacer dinero, si no fuera por esos malditos indios con su miserable maíz y fríjol. Bueno, creo que es tiempo de dar el golpe final y de terminar el asunto de una vez por todas".