La muerte viaja en automóvil

Miércoles, 1 de Noviembre

Alejandro Rosas / Historiador.

El sarape era gris. El celador lo extendió sobre la tierra junto al automóvil Protos en uno de los patios de la Penitenciaría. Otro guardia abrió la portezuela y a pesar de la oscuridad, pudo observar los dos cuerpos inertes. Encima de Pino Suárez se divisaba el cadáver ensangrentado de Madero.

Los asesinos habían limpiado sus manos, tintas en sangre, con las fundas de los asientos del automóvil. Claramente se apreciaban sus huellas ante la luz emitida por la lámpara de aceite utilizada para facilitar el movimiento de los cuerpos. La siguiente escena fue macabra. Varios individuos, sacaron el cadáver de Madero y lo colocaron sobre el sarape gris que pronto se ennegreció. Hicieron lo mismo con el de Pino Suárez. Cavaron dos fosas que no alcanzaban ni siquiera el metro de profundidad y ambos cadáveres quedaron sepultados casi al ras del suelo. El sarape fue incinerado.

El Protos se alejó rápidamente de la penitenciaría con uno de los fanales roto y la linterna destrozada por las balas. Hacía varios minutos que el otro automóvil, un Peerles de alquiler, había hecho lo propio. Ambos vehículos se perdieron entre las sombras de la noche.

Los preparativos del crimen

En septiembre de 1914, una vez consumado el triunfo de la revolución constitucionalista sobre la dictadura de Victoriano Huerta, los revolucionarios abrieron una exhaustiva investigación para encontrar a los autores intelectuales y materiales de los asesinatos de Francisco I. Madero y José María Pino Suárez.

Dos hechos resultaron fundamentales para la reconstrucción de los crímenes: haber encontrado los automóviles en que fueron trasladados Madero y Pino Suárez a la penitenciaría de Lecumberri, donde cayeron asesinados, y haber encontrado a los choferes que condujeron los vehículos.

De acuerdo con diversas declaraciones, la forma como debían morir Madero y Pino Suárez fue discutida por los principales autores del golpe de estado: Victoriano Huerta, Félix Díaz, Cecilio Ocón, Aureliano Blanquet, Manuel Mondragón y el yerno de Porfirio Díaz, Ignacio de la Torre. Los detalles se ultimaron durante la tarde del sábado 22 de febrero de 1913 y para construir una versión oficial de los asesinatos eran necesario el uso de dos automóviles.

Hacia 1913, la ciudad de México contaba con un millón de habitantes y poco más de 2,500 automóviles. Con excepción de las familias acomodadas que aún permanecían en México y que contaban con auto propio, la mayoría de los vehículos eran de alquiler. En la muerte de Madero y Pino Suárez estuvieron involucrados un auto de propiedad particular y otro de alquiler.

La tarde del 22 de febrero, Alberto Morphy, simpatizante de Félix Díaz, puso a disposición de Cecilio Ocón --otro de los protagonistas de la Decena Trágica y de la caída de Madero-- un automóvil de su propiedad, marca Protos Washington, número 931, motor P.E.S Gewgwittehk 105, Landalet, cuatro cilindros con 18 21 H.P. caballos de fuerza. El Protos era uno de los mejores automóviles del momento. Lo anunciaban como el “gran vencedor en la carrera México-Puebla de 1911” e incluso el auto presidencial era de esta marca.

Luego de llevar a Ocón a distintas direcciones para afinar los detalles del crimen, el Protos conducido por Ricardo Romero se dirigió a Palacio Nacional a fin de ponerse a las órdenes del mayor de rurales, Francisco Cárdenas. El automóvil ingresó al patio de honor y lo estacionó frente a la intendencia.

El chofer regresó con el Protos a casa de Morphy, pasadas las 2 de la mañana del 23 de febrero e indicó al mayordomo que nadie debía acercarse, y mucho menos tocar el automóvil. El vehículo mostraba varios impactos de bala y en el interior había rastros de sangre. En los días siguientes, el propio chofer se encargó de cambiar uno de los faros que también estaba roto por efecto de los disparos. El automóvil no volvió a circular hasta que fue descubierto y decomisado por los revolucionarios en septiembre de 1914.

El otro vehículo utilizado en la fatídica noche del 22 de febrero, era marca Peerles con número de motor 661, carrocería abierta y siete asientos. Pertenecía al negocio de alquiler de autos del inglés Frank Doughty, ubicado en el número 6 del callejón de López. El coche tenía el número 2263 y fue arrendado por instrucciones de Nacho de la Torre, yerno de don Porfirio. A diferencia de otras ocasiones, en que Nacho alquilaba un automóvil descapotado para sus paseos fuera de la ciudad, ese día solicitó uno con toldo, lo cual no dejó de extrañar. Cerca de las 8 de la noche, el chofer del negocio, Ricardo Hernández, recibió la indicación de presentarse en Palacio Nacional y ponerse a las órdenes del mayor Francisco Cárdenas. Minutos después, el Peerles se encontraba estacionado en el patio de honor, frente a la intendencia, detrás del automóvil Protos.

El chofer regresó el Peerles al sitio de alquiler entre las 5 y las 7 de la mañana del 23 de febrero. Su estado era deplorable: tenía seis agujeros de balas y las cubiertas de los asientos y respaldos manchados de sangre. Al verlo en esas condiciones, Frank Doughty reclamó una indemnización a Nacho de la Torre. El yerno de Porfirio Díaz le dijo que fuera a Palacio Nacional y ahí le pagarían. El nuevo gobierno, encabezado por Victoriano Huerta, se negó soltar un peso. Doughty insistió en repetidas ocasiones, hasta que el gobierno finalmente autorizó la compostura del auto y, gracias a la intervención de la legación inglesa, logró que le pagaran una indemnización de cuatro mil pesos. El auto volvió a circular meses después y en septiembre de 1914 fue reconocido por varios testigos.

El último viaje en auto

Ricardo Romero y Ricardo Hernández enfrentaron la experiencia más aterradora de su vida aquella noche del 22 de febrero de 1913. Cerca de las 22. 30 horas, ambos choferes vieron salir de la intendencia del Palacio Nacional al ex-presidente y al ex-vicepresidente. El mayor Francisco Cárdenas ordenó a Madero que abordara el automóvil Protos; Pino Suárez, custodiado por el teniente Rafael Pimienta, subió al Peerles. Cerca de las 11 de la noche, los dos automóviles abandonaron Palacio Nacional, tomaron por la calle de Moneda y dieron vuelta en Ferrocarril de Cintura para llegar a la penitenciaría de Lecumberri.

Al llegar a la entrada principal, los automóviles se detuvieron y un oficial les indicó que debían ingresar por la parte posterior del edificio. Ni siquiera los fanales de los automóviles podían atravesar la oscuridad de la noche. Los llanos de San Lázaro eran literalmente una boca de lobo.

Los vehículos hicieron alto, uno detrás de otro. Cárdenas obligó a Madero a descender del auto y en ese instante, le disparó dos veces en la parte posterior de la cabeza. El cuerpo exánime de Madero cayó al piso lleno de sangre. Pino Suárez, que también había descendido del vehículo, al percatarse de la suerte de su amigo, intentó huir pidiendo auxilio. Rafael Pimienta tomó su carabina y con ayuda de varios hombres dispararon indiscriminadamente sobre el otrora vicepresidente, cayendo acribillado por los impactos de bala.

Consumado el crimen, el resto de los hombres cortaron cartucho y dispararon en repetidas ocasiones sobre los dos automóviles. Minutos más tarde, los vehículos se perdían en la noche, llevando consigo la huella del crimen. A la mañana siguiente, la versión oficial difundida por la prensa señalaba que Madero y Pino Suárez habían muerto cuando un grupo de partidarios intentó rescatarlos.

En septiembre de 1914, las autoridades revolucionarias se presentaron en el estacionamiento, propiedad del señor Agustín Escudero, lugar a donde habían sido llevados los dos automóviles después de ser decomisados. El Peerles color azul oscuro, no presentaba ningún rastro de lo ocurrido más de un año antes. La reparación había sido impecable, aunque se le habían colocado piezas de un Packard, como el radiador y las ruedas traseras.

Sin embargo, el automóvil Protos aún mostraba rastros de lo ocurrido. La carrocería estaba agujereada, tres tiros eran visibles en el costado izquierdo, uno más en el tablero, otro en el marco de la puerta que atravesaba la vestidura interior; dos orificios de bala se observaban en el lado derecho y en el forro paño verde oscuro, con cubrepolvo gris, aún eran evidentes las manchas de sangre. Indudablemente, una de las páginas más trágicas de la historia de México se había escrito sobre cuatro ruedas y cuatro cilindros.


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