Tianguis, Plazas y Mercados Mexicanos

Son conocidos los tradicionales tianguis prehispánicos, como el de Tlatelolco, Toluca, San Martín Texmelucan, San Cristóbal de las Casas, Tlacolula, entre otros, que han sido el antecedente de las grandes concentraciones de comerciantes o mercados, centros de abasto publicó para la demanda diaria de los vecinos.

No es posible hablar de mercados sin detenernos un poco en reflexionar sobre los de México-Tenochtitlán, sobre sus comerciantes, de los pochtecas, esos mercaderes que de tierras lejanas llevaban productos a la Capital Tenochca, y aquellos que vendían en las plazas que se organizaban dentro de la Ciudad y no sólo en Tlatelolco, así lo podemos comprender cuando Hernán Cortés, en sus cartas de relación habla del mercado de Tlatelolco: "tiene esta ciudad muchas plazas donde hay continuo mercado y trato de comprar y vender. Tiene otra plaza tan grande como dos veces la ciudad de Salamanca, todavía cercada de portales alrededor; donde hay cotidianamente arriba de sesenta mil animas comprando y vendiendo... " por lo que es posible aceptar que en Tenochtitlán había más mercados que en el de Tlatelolco.

Otro personaje que hace referencia a este asunto es López de Gomara, quien manifiesta que: "Al mercado lo llaman tianguis. Cada barrio y parroquia tiene su plaza para contratar al mercado. Más México y Tlatelulco, que son los mayores, las tienen grandísimas. Especialmente una de ellas, donde se hace mercado la mayoría de los días de la semana". Al respecto; Jesús Galindo y Villa, historiador, quien fuera director del Boletín del Municipio de México, en su Historia Sumaria de la Ciudad de México, escrita en el 1925, afirma que: "En el actual Barrio de San Juan de la Penitencia hallábase el segundo mercado: el de Moyotlan; y en el barrio hoy llamado de San Pablo estaba un tianguillo o tianguis pequeño". Así podemos observar la importancia de los mercados para la sociedad mexicana, y por lógica en materia de alimentación y abasto.

Después de la conquista de Tenochtitlán, pasaron tres años para la organización de la ciudad hispana, y que el propio Motolinia describió diciendo: "La séptima plaga fue la edificación de la gran Ciudad de México en la cual, los primeros años andaba más gente que en la edificación de Jerusalén en tiempos de Salomón, porque era tanta la gente que andaba en las obras que apenas podía hombre romper por algunas calles y calzadas aunque eran bien anchas".

Ya para principios del año 1524, existía un lugar destinado para el abasto publicó, se ubicaba en lo que hoy es el Palacio de las Bellas Artes, y se conoció como el "Tianguis de Juan Velázquez", según González Obregón en honor a un cacique indígena importante.

Los documentos resguardados en Fondo Documental Histórico del Ayuntamiento de México, del Archivo Histórico del Distrito Federal, nos muestran, como testimonio, que la organización del abasto y acción de mercar los productos se efectuaba, en las primeras décadas del siglo XVI en lo que se llamó la plaza menor, ubicada en el predio frontal del actual edificio del Monte de Piedad. Pero con el paso de los años, y estando la Acequia Real, por donde entraban los productos, más cerca de la Plaza Mayor, ésta fue saturada por vendedores de todo tipo, siendo el centro del abasto público de la Ciudad.

Durante el siglo XVII y la segunda mitad del XVIII, se vivía una saturación en lo que era el Mercado Principal, ubicado en la Plaza Mayor de México (que a partir de la jura de la Constitución de Cádiz de 1812 se conoce como Plaza de la Constitución), en donde había gran cantidad de puestos de productos propios del abasto publicó y de ornato; desde granos hasta comida preparada, pasando por vegetales, frutas, animales vivos y objetos varios.

La población asistía cotidianamente para comprar los artículos necesitados en sus hogares, así como los vendedores que llegaban desde temprano a expender sus productos. En la Plaza Mayor de México se presenciaba, entonces, un espectáculo impresionante al estar reunidos en aquel histórico sitio una cantidad considerable de personas con un fin común. Y aunque el "hacer mercado" o "hacer plaza" era un tanto complicado por la saturación de puestos y compradores, se convertía, con el paso del tiempo en una tradición muy respetada entre los capitalinos de ese tiempo, ya que ese era el mercado principal de la hoy Antigua Ciudad de México.

Es importante destacar que en aquella época el municipio de México enfrentaba una serie de deficiencias en materia de vialidad, aseo e higiene; la causa fue el desorden de las actividades en el mercado principal, ya que los puestos ocupaban, para el año de 1790, toda la Plaza Mayor, la Plaza Menor, el atrio de la Catedral Metropolitana y casi todas las calles vecinas.

En verdad, no puedo dejar de pensar, que una de las ocupaciones más frecuentes entre los mexicanos ha sido el introducir o vender productos propios del abasto y del ornato, y por supuesto el preparar para vender alimentos en la Gran Ciudad de México, y por ende el espacio para realizar esas actividades se ha ido reduciendo continuamente; y en la época virreinal la Capital no fue la excepción y se generaron varios conflictos en las calles, plazas y lugares de reunión pública. Después, cuando el día terminaba aquel inmenso mercado, rodeado por la historia proyectada en arquitectura y cultura, quedaba totalmente sucio, y la Acequia Real, por donde entraban las canoas con los productos, llena de inmundicias, convirtiéndose en un foco de infección.

Ante tal problemática, el Virrey de la Nueva España, Segundo Conde de Revilla Gigedo (así se firmaba el virrey), con las Reformas Borbónicas como instrumento legal, determinó regular la actividad en el mercado principal, así en el predio conocido como Plaza del Volador fue construido un mercado de madera al que se le denominó " Mercado del Volador" (ubicado en donde hoy en día se encuentra el edificio sede de la Suprema Corte de Justicia de la Nación), denominado mercado principal, con características de centro de abasto, e inaugurándose el 11 de noviembre de 1791; publicando al mismo tiempo el reglamento para los Mercados de México.

De tal manera en la Antigua Ciudad de México se daba cuenta de haber organizado la venta de productos, al crear el primer centro de distribución de abasto público, el que funcionó hasta el año de 1865.

Siendo insuficiente el abasto de víveres en la Ciudad de México, las autoridades inauguraron el mercado de San Juan en 1850. La plaza de La Merced hizo su aparición en 1865 y se ubicó en el lugar antes ocupado por la Iglesia y parte del convento del mismo nombre, que se había derrumbado; posteriormente hacia fines del siglo pasado, La Merced ocupó un edificio de mampostería construido ex profeso en el año de 1879, por órdenes de Porfirio Díaz, siendo el constructor el Ingeniero de Ciudad Antonio Torres Torija, y se inauguró el día 30 de diciembre de 1880.

Para 1887 abastecían a la ciudad 8 mercados: al norte, Santa Catarina, Santa Ana y Guerrero; al sur, San Juan; al oriente La Merced y San Lucas y al poniente, el 2 de Abril y San Cosme.

El mercado de Loreto se inauguró en 1889, cuatro años más tarde La Lagunilla y el de Martínez de la Torre en 1895.

Paralelamente a la actividad de los mercados, surge el comercio al menudeo, llamados "estanquillos" o "tendajones" los que fueron controlados, desde su aparición, por mexicanos, españoles y años más tarde por chinos.

Durante la época revolucionaria se realizaron dos obras importantes: la construcción del mercado Juárez en 1912 y el anexo del mercado de Santa Catarina, un año después.

El siglo XX ha marcado un acelerado crecimiento demográfico en nuestro país, lo que ha ocasionado un aumento en la demanda de alimentos, a la par del incremento de los espacios para su distribución y venta. Previsto en la Constitución de 1917, en la que se establece que el gobierno podrá intervenir en la regulación del mercado de productos básicos, es hasta 1938 que se crean algunas tiendas en apoyo de las clases populares, originando la creación de cadenas de tiendas gubernamentales como ISSSTE y CONASUPO, entre otras, para cubrir las necesidades de diversos sectores de la población del país. Como un hecho aislado se registra la construcción del mercado Abelardo L. Rodríguez en 1934.

Los años cuarenta dieron paso a la instalación de las primeras tiendas de autoservicio, existentes hasta la fecha, que con este nuevo concepto de tiendas evidentemente modificaron los hábitos de consumo en nuestro país. Los numerosos mercados que contaban con instalaciones precarias, fueron reconstruidos con estructuras más sólidas y seguras en los años cincuenta. Pero es en el gobierno del presidente Adolfo López Mateos, que la construcción de mercados llegó a 88, sólo en la capital de la República.

La actividad comercial en provincia ha ido en aumento a lo largo del presente siglo, siendo un atractivo, para los capitalinos visitar los mercados y tianguis provincianos, que no difieren demasiado de la visión que los conquistadores encontraron a su llegada a México Tenochtitlán, como se expresó en este mismo espacio.

Hacia finales de los años sesenta surgen los mercados sobre ruedas, herederos de los tianguis de la época prehispánica, como una alternativa más para cubrir la gran demanda alimentaria de los mexicanos.

En 1980 se aprobó el plan de edificación de la Central de Abasto en Iztapalapa, e inicio sus operaciones en el año de 1982. Siendo una de las obras más importantes de Latinoamérica, La Central de Abasto está conformada por 24 naves gigantescas: 16 de aproximadamente 1000 metros cuadrados y ocho de 600; los pasillos tienen una extensión de 23 kilómetros para albergar a 1,124 locales en operación que incluyen los servicios bancarios, restaurantes y venta de alimentos preparados y sanitarios.

Su capacidad de almacenamiento es de 135,000 toneladas de víveres, frutas, verduras y abarrotes. Las diez cámaras de refrigeración para frutas y legumbres miden 15,000 metros cúbicos y cada uno de los cuatro andenes tienen una dimensión de 12,500 metros cuadrados.

Por desgracia para que la Central de Abastos existiera se destruyó la antigua e histórica zona de La Merced, aunque el mercado de las naves, por fortuna, sigue funcionando, allá por la Avenida Anillo de Circunvalación, franqueado por el Mercado de dulces, Ampudia y por el tradicional Mercado Sonora. Ejemplos todos del típico mercado mexicano.

En la actualidad, solamente en el Distrito Federal se cuenta con cerca de 318 mercados y tianguis, de los que se pueden destacar: el Abelardo L. Rodríguez, la Central de Abasto, el de Coyoacán, el Mercado Hidalgo, el de Jamaica, las Naves de La Merced, el de la Viga, el Lázaro Cárdenas, Martínez de La Torre, el de Medellín, Polanco, Mixcalco, Mixcoac, el de San Juan, Sonora, el Mercado Ampudia, el de Tepito, y el de Xochimilco.

La trascendencia de los mercados en la vida cotidiana de los mexicanos, no es exclusiva de la Ciudad de México, los encontramos distribuidos en cada rincón de nuestro país. Los mercados indígenas se mantienen inamovibles al paso del tiempo; donde el trueque sigue siendo práctica cotidiana en algunos mercados mexicanos.

Los productos autóctonos se confunden con los regateos, los gritos, las voces que promueven los coloridos alimentos, vasijas de barro, cobre, cerámica, animales, rebozos teñidos de tornasol, maderas con formas de palas y molinillos, granos y semillas en cestos de todos los tamaños; flores perfumadas que alegran la vista, el tacto y el olfato; golosinas multicolores apiladas sobre charolas improvisadas, juguetes de madera, estambre y latón.

Los mercados son el lugar que hay que visitar para sentir y percibir como la historia de nuestro país ha estado unida siempre a estos lugares de encuentro, de charla y de regateo, de compra y de venta, donde se funde el pasado y el presente, porque cada mercado es un trozo de México y de su cultura, su gente y sus raíces.