La China poblana

En el primer tercio del siglo XVIII llegó al puerto de Acapulco, en la Nao de Manila, una esclava oriental que portaba una rara indumentaria, compuesta de una camisa con ricos bordados de seda, un zagalejo de brillantes colores, con lentejuelas, unas chancletas de seda y con largas trenzas. Era la primera vez que una mujer de rasgos orientales llegaba a Acapulco y sus vestimentas llamaron poderosamente la atención de los concurrentes a la feria que se celebraba a la llegada de la Nao de China. La gente se preguntaba cómo había llegado a México aquella " China ", como la llamaron de inmediato; pero pocos sabían su origen hindú.

Cuentan viejos cronistas que en el año 1609, nació en la ciudad de Indra Prastha una princesa llamada Mirnha, de la estirpe de los mongoles de la India Oriental. Huyendo de una invasión de los turcos, la familia llegó a las playas, lugar en donde arribaron los portugueses dedicados al tráfico de esclavos. Un día que la princesa paseaba por la playa, en compañía de un hermano menor, fue hecha prisionera y llevada a Cochín, de donde después fue enviada a Manila, en las Islas Filipinas. Era Mirnha de color casi blanco, de cabellos claros, frente espaciosa, ojos vivos y nariz bien delineada, garbosa al andar.

El entonces virrey de México, marqués de Gálvez encargó al gobernador de Manila que le comprara " esclavas de buen parecer y gracia para el ministerio de su palacio ", por lo que éste trato de adquirir a Mirnha; pero el mercader portugués que la vendía, tenía el encargo anterior del capitán Miguel de Sosa y su esposa, doña Margarita de Chávez, entregándosela a éste, que la recibió en México. " La chinita ", como era llamada, fue sigilosamente embarcada para la Nueva España en 1620, y don Miguel de Sosa llamó a la recién llegada Catalina de San Juan, educándola cristianamente y viéndola como en todas partes como miembro de su familia, más que una sirvienta.

El matrimonio del capitán Sosa llegó a adoptar a Catalina de San Juan como hija y la casó después con un esclavo de origen chino, Domingo Suárez, con el cual, sin embargo, no vivió, pues se rehusó a hacer vida marital. Siguió viviendo con sus padres adoptivos, luciendo sus raros ropajes, que mezcló con los indígenas, dando nacimiento al traje típico de la China Poblana, como dio en llamarle la gente, hasta que por fin ingreso al convento de Santa Catalina. En la Iglesia de la Compañía, en Puebla, cerca de la puerta que comunica el presbiterio con la sacristía, hay empotrada en la pared una lápida que señala el lugar donde fueron enterrados los restos mortales de Catalina de San Juan. En 1907, existía en Puebla una calle llamada De las Chinitas, donde Mirnha vivió.

Catalina de San Juan se enamoró del atavío de las indias poblanas, que lucían enredos confeccionados con dos telas de contrastados colores y materiales, a manera de faldas, y unos huipiles o camisas con el bisquémol bordado con gracia; evocando sus viejos trajes cortesanos, la princesa copió esos trajes indígenas y los transformó, quedando el traje de la China Poblana, como ya dijimos. El enredo confeccionado con dos piezas de tela de contrastados tonos, se convirtió en la falda europea, amplia y con los bajos en picos, bordada de lentejuelas y chaquira; el huipil indígena en la camisa española, bordada también, y la faja o chincuete en el rebozo suelto, sobre los hombros y los brazos. Los colores verde, blanco y rojo fueron adoptados más tarde, de la Bandera Nacional, una vez que México alcanzó su independencia, en el siglo XIX.

Más que oriental el traje de China Poblana es mestizo mexicano y habla claro de la fusión de las culturas indígena y española, que cuajaron en multitud de obras de gran belleza, como lo afirma María Elena Sodi Pallares. Catalina de San Juan, que fuera bautizada en la iglesia del Santo Ángel de Analco, vistió siempre trajes parecidos a los de la actual China Poblana, con lo cual se identificaba a las indias poblanas y a la vez recordaba sus trajes orientales. Muchos consideran que la leyenda de la China Poblana no pasa de ser eso, leyenda; pero ahí está el traje, usado a través de los siglos por nuestras mujeres mexicanas.