Siglo y Leyes
(Normar y Legislar Sobre las Bebidas Embriagantes)

Quien bien bebe
bien duerme
y quien bien duerme
bien piensa
y quien bien piensa
trabaja bien
y que bien trabaja
¡Debe beber bien!

La conquista espiritual y militar que la Corona ejerció sobre la Nueva España consideró, desde los primeros tiempos, la embriaguez y los abusos en la venta y distribución del vino como males que se debían evitar. Para tal fin no sólo en el siglo XVI sino también en los siguientes, observamos el esfuerzo que empleo el gobierno civil y eclesiástico por normar y legislar sobre las bebidas embriagantes. El abuso de ésta obstaculizaba el desarrollo de las virtudes cristianas en el hombre y también dificultaba el avance económico afectando la fuerza de trabajo dada por el indígena. Las leyes promulgadas sobre los diferentes aspectos de las bebidas embriagantes pretendieron organizar su venta y distribución para frenar la injusticia, es decir, los fraudes y los males sociales que de éstas se desprendían.

Él vino se hizo presente en la Nueva España en el siglo XVI y llegó para quedarse a pesar de las muchas prohibiciones reales que se dieron durante la Colonia. Actualmente constituye una fuente de riqueza en algunos estados de la República.

El primer antecedente de la presencia del vino europeo en la Nueva España fue precisamente cuando los españoles desembarcaron en suelo Azteca. Bernal Díaz el Castillo relata que el 17 de agosto de 1521 se sirvió un banquete, en el que se bebió vino, en honor de Hernán Cortés. En este convivió sirvió el vino un hombre llamado Juan Bello, soldado de Cortés, de quien recibió el encargo de cuidar y servir el vino cuando fuese necesario. Este encargo hizo que Juan Bello se convirtiera en el primer escanciador o cantinero del Continente Americano.

Los españoles establecidos en la nueva España recibían él vino procedente de España. Cada año partían desde Cádiz, con destino a Veracruz, dieciséis barcos de buen tonelaje, entre otras cosas transportaban el vino dando un total anual de dieciséis mil arrobas de peso de este producto.

Los barcos, sin embargo, a veces no llegaban a Nueva España en el tiempo previsto y los pobladores se inquietaban por no contar con el suficiente y necesario vino para el consumo diario.

El fraile Martín de Valencia, deseando asegurar el vino para la celebración de la santa misa y para no estar sujeto a la llegada del navío, trajo sarmientos de vides españolas y portuguesas para sembrarlos en tierras novohispanas. Otros frailes también sembraron viñedos en otros lugares, donde se situaban las misiones apostólicas. Así, sabemos que hubo viñedos desde la Villa Rica de la Veracruz hasta las Californias. Las vides crecieron en Tehuacán, Puebla, Huejotzingo, Michoacán., Guanajuato, Aguascalientes, Querétaro y Coahuila, entre otras poblaciones.

En pocos años, los viñedos americanos produjeron vinos que eran tan buenos como los vinos españoles. Aquellos se producían en tal abundancia que comenzaron a mermar las solicitudes de vinos españoles. Esta fue una de las causas por las que, más tarde, la Corona prohibiera la producción del vino en estas tierras. No por ello la Nueva España dejó reproducir este preciado líquido.

En la primera mitad del siglo XVI la población novo hispana se iba perfilado en su desarrollo sociocultural. En este proceso, el gobierno se ocupó de normar y legislar sobre las bebidas embriagantes, en las que se contemplaba el vino. No sólo se controlaba el transporte, venta y distribución de este, sino también se evitaban los fraudes y desórdenes que pudiesen venir por la falta de control de este producto.

El primer documento, que se halla el Archivo Histórico de la Ciudad de México, que habla sobre el transporte del vino es el acta de cabildo número 126, del 28 de septiembre de 1526. En ella se disponen las normas para evitar los fraudes y engaños que los arrieros solían hacer. Textualmente dice:

... que cuanto a los arrieros que traen vino a esta ciudad hacen muchos fraudes en dicho vino, y... dicen que se les sale y lo dan por corrupción... por ende queriendo proveer en ello ordenaron y mandaron que de aquí en adelante, la persona que hubiere de dar vino a cualquier arriero para que traiga, a esta ciudad, le dé 3 azumbres al tal arrieros o persona que trajera el dicho vino (y éste) sea obligado a entregar en esta ciudad, enteramente las dichas ocho arrobas sin faltar cosa alguna de ellas, y si algo faltare el dicho arrieros sea obligado apagar el dicho vino, como a la sazón valiera en esta ciudad. Y quien ningún abrieron o persona que trajera dicho vino sea usada de echar en ello agua ni hacer otra falsedad so pena de cien azotes y de pedimento de todo el flete de las cargas del vino en que pareciere que así hizo la dicha falsedad y lo mandaron pregonar públicamente a lo cual se pregonó este dicho día en la plaza de esta ciudad en presencia de mucha gente que allí estaba.

Fue medida propicia para evitar, en parte, la adulteración del vino y los engaños que los arrieros acostumbraban hacer. Gracias a las severas penas para quien cometiera esos delitos se detuvieron, por un considerable tiempo, estos males.

Más tarde se les impuso a los arrieros traer la tercera parte del total de su carga de vino, a fin de cuidar que no faltara esa bebida entre los pobladores de la Nueva España. El acta número 733, del 29 de noviembre de 1535 asentó esta disposición.

La venta del vino fue también normada por las leyes emanadas del gobierno civil. Cuidaban que a los indios y negros no se les vendiese la bebida embriagante para evitar que se afectase la economía por incumplimiento al trabajo, ya que negros e indios fueron la principal fuerza de trabajo en la época colonial.

El acta 888 del cabildo, del 21 de julio de 1538 (vol. 3, f. 632ª) asienta:

... que no vendan vino ni a negro ni a negra, ni indio ni india ni se lo den en gracia ni en trueco de otra cosa ni en pago de deuda directa o indirecta... so pena de pedimento de la mitad de todos sus bienes, la tercera parte para la Cámara y el Fisco de Su Majestad y la otra tercia parte para esta ciudad y juez que lo sentenciare y so pena de destierro perpetuo esta Nueva España.

La pena incluía a muchas personas beneficiadas en el caso de que tuviesen culpa y esto hacía que se constituyera una red de vigilancia que evitaba que fuera afectada la economía novo hispana.

En la misma acta 888 se acordó que ninguna persona tuviese bodegón o taberna donde se vendiese vino por menudeo si no tuviese la autorización o licencia de las autoridades correspondientes.

Designaron los espacios, dentro y fuera del primer cuadro de la Ciudad de México, donde se autorizaba vender vino. La justicia y el regimiento decretó el 2 de septiembre de 1546 que no se concedieran licencias para abrir tabernas si no fuese en la plaza pública. Delimitaron la zona donde estás se establecerían: en la calle que va desde dicha plaza a Santo Domingo hasta la calle de Tacuba, luego de la calle que va desde la plaza hasta San Francisco y desde aquella hasta san Agustín. A las tabernas que funcionaban fuera de los límites marcados se les negó comprar más vino del que tenían al tiempo en que salió la orden. Sólo les permitieron vender el vino que tenían en existencia para después cerrar el establecimiento por estar fuera de la zona de tabernas. Las penas para quien no cumplirse las órdenes eran severas: pagar cien pesos de oro de minas (AHCM, acta 1442, vol. 3, f. 633a).

La medida había sido adoptada para evitar la venta incontrolada del vino y para alejar los desórdenes sociales que de ello se suscitaban.

Una forma más para controlar la distribución y venta del vino fue la acción de los inspectores que muchas veces eran los mismos regidores, los cuales confirmaban in situ que las ordenanzas capitulares fuesen observadas. Por ejercer la tarea inspectores, los regidores recibían dos pesos de oro de minas en calidad de viáticos. Las tabernas, no obstante la inspección, estaban consideradas como realidades necesarias en el andar cotidiano de la población novo hispana.

Se emitieron también normas sobre los propietarios de las tabernas, los cuales preferentemente debían ser hombres casados, y no solteros, porque estos se podían ocupar tanto en otros oficios y haciendas propias de su estado y juventud como en menesteres propios para mozos y solteros que dentro de la población existían para ellos. El 28 de junio de 1548, el cabildo anunció que se concedía un mes de gracia para que las personas solteras, que en aquel momento poseyeran tabernas, pudiesen disponer, gastar o vender el vino que existiese en su poder y así dejar de ser dueños de dicho establecimiento por no tener los requisitos exigidos por la ley. (AHCM, acta 1577 vol. 3 f. 633a).

Cuando la persona no se ceñía a estas normas era castigada con quitarle el vino que se hallase en la taberna, además, se le obligaba a pagar diez pesos de oro de minas.

Otra forma de controlar la venta y distribución del vino consistía en expedir licencias.

Las tabernas no se debían situar fuera de los límites marcados y debían operar con licencia propia. Cuando no se hacía como se mandaba se aplicaban los castigos ya previstos para esta clase. Había también medidas de control para evitar que se vendiese más vino del autorizado. Entre éstas, estaba la de sellar las pipas de vino. Esto lo hacía la autoridad sobre las pipas que estaban destinadas a ser vendidas por arrobas Por cada pipa que no se sellare, la persona debía pagar un peso de oro para la ciudad, y si el mercader osaba quitar el sello sin que estuviese presente el diputado para ello, debía pagar diez pesos de oro de minas.

El 12 de noviembre de 1519 el cabildo civil dispuso que tanto la persona que trajera vino de Castilla o de otra parte, como la que comparara para vender, no lo podría comercializar por arrobas o por menudeo, si no fuese en la casa o tienda autorizada, es decir, en aquellos establecimientos ubicados en la zona de tabernas o lugares autorizados para vender vino.

Quienes no cumplían estas disposiciones se hacían merecedores a perder el vino que poseyeran, más la mitad de sus bienes, y corrían el riesgo de que se les desterraré perpetuamente de la Nueva España. Las penas eran severas pero de esta manera se garantizaba el control ordenado de la distribución del vino en la comunidad novo hispana.

Los precios del vino también fueron objeto de vigilancia para evitar abusos en este renglón. En 1526 el vino bueno estaba tasado en seis pesos de oro por arroba. El cuartillo se vendía a cuatro reales. Ocho años después, el precio estaba a tres pesos y medio de oro común por arroba. El gobierno, atento al comercio de la bebida, exigía a los regatones mantener este precio so pena de castigo si no lo hiciesen (AHCM, vol. 3 de actas, f. 632 a).

El año de 1535 el vino tinto se vendía en cuatro pesos de oro común por arroba. Al año siguiente se vendía a tres pesos y ducado por arroba. Los precios los tasaban los diputados o inspectores de este producto de acuerdo con la calidad que presentaba el vino, y por tal motivo los precios variaban.

En el comercio del vino estaba presente la reventa en ciudades, villas y pequeños poblados Esta era también objeto de inspección por parte de las autoridades. No permitían que el vino tinto se vendiera a más de cuatro pesos de oro común.

Cuidaban que la bebida no saliera de la ciudad más que en cantidades necesarias. En 1552 la autoridad ordenó al respecto: "que ninguna persona, de cualquier calidad y condición que sea no puede sacar ni saque vino de esta ciudad si no fuera para su aprovisionamiento hasta la cantidad de dos arrobas". (AHCM, vol. 5 de actas f. 675 a).

Aunque las medidas de control eran precisas y con buen fin no faltaron taberneros y personas que se las ingeniaban para violar las leyes, ocasionando consecuencias deletéreas y afectando el bien común. Sin embargo, todas estas leyes promulgadas sobre el vino en el siglo XVI buscaron el desarrollo de una armonía social que respetaba el legítimo derecho de los ciudadanos de comprar y vender vino para su expendio y consumo.

Legislar sobre el vino fue un camino que se inició en el siglo XVI, en la Nueva España, y continúa en el México actual con el mismo espíritu de promover, a través de la Constitución, el bien común y el orden social entre los mexicanos.

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